miércoles, 24 de agosto de 2016

EL POLÍGONO SANTO

Todas las mañanas paso delante de él, camino del trabajo. 

El pequeño cementerio de Valencina se ha quedado adosado al polígono industrial

que hay a la entrada del pueblo, pared con pared con una nave repleta de mercancías
de “los chinos” y  además le han construido una gran rotonda en la puerta.

Los cipreses centenarios que hay en  su interior, no entienden del barullo de las
naves colindantes: carpintería, servicio municipal, talleres de coches. No encuentran
el silencio del campo, el silencio de las piedras y tumbas.

El cementerio del pueblo de al lado, Guzmán, se ha quedado varado
en el carril bici que pasa por su entrada. Y los pájaros se han ido.

Sigo observando y el cementerio del próximo pueblo, Castilleja
de la Cuesta que está situado en lo que fue una hermosa colina, ahora lo han
tapado, lo han dejado sin aire. Aire Sur, un centro comercial, lo asfixia.

El cementerio de Tomares tiene por dirección el polígono Pisa…
Podría seguir, pero paro aquí.
¿Qué interpretación harán los arqueólogos, dentro de 2.000 años,
de nuestros ritos funerarios? Tal vez lleguen a la conclusión  de que queríamos tanto a nuestros difuntos,
que le construíamos adosados a los campos santos, restaurantes, tiendas de
ropa, de deportes, talleres de coches, bazares orientales con la intención de
que en la otra vida no les faltara de nada.

Dentro de 2.000 años, no habrá  ni cínicos,ni escépticos que lleguen a descubrir  que  la  especulación  del suelo era mucho más rentable para  nosotros que la especulación sobre la vida eterna.





martes, 9 de agosto de 2016

COCO CHANEL, MARINA ABRAMOVIC Y LA MUJER QUE ROMPÍA AGUAS




Verano de 1964, Coco Chanel se fotografiaba en su suite del Hotel  Ritz en  París, en el que fue su hogar durante 30 años.
Verano de 1964, Marina Abramovic, que cumplía 18 años, se tumbaba en un parque de Belgrado y empezaba  a preguntarse cosas y a experimentar respuestas.
Verano de 1964, el siete de agosto por la tarde, en una casa de la calle Monjas en Lepe, una mujer planchaba  con la puerta de la calle un poco abierta para que entrara un poco  de aire. El calor era sofocante. Sintió, de pronto, el agüilla correr entre sus piernas. Había roto aguas.
Rápidamente se puso en marcha todo el dispositivo: Maria la Zacero, la madre de aquella mujer, avisó a su cuñada Ana y a Juana Castillo.
También avisó  a su prima hermana Manuela la Puchichina, que había heredado de su madre el oficio de comadrona.
Prepararon los barreños con agua hervida y aun caliente, las toallas limpias, los trapos de algodón  cortados en cuadrados grandes y en tiras largas y la bañera de loza donde lavarían al niño cuando naciera. 
Sí, al niño, porque todos estaban seguros de que sería un niño, porque no paraba de dar patadas, porque no paraba de  moverse en el vientre de su madre.
La mujer  que había roto aguas tenía, desde hacía  tiempo preparada, la canastilla para la nueva criatura, ropita de color blanca y algo  de color celeste.
Tenía, desde hacia tiempo preparado,  hasta el cordoncillo de bramante con el que anudarían el cordón umbilical del bebe y que poco a poco se iría secando hasta desprenderse.
Tenía preparada hasta la cajita de madera de cedro, donde luego, guardaría la tripilla seca.
La mujer que había roto aguas, guardaba las tripillas secas de sus hijos; decían en el pueblo que daba buena suerte y ella necesitaba la buena suerte.
Tanto ella como su madre María, como su tía Ana, como Juana, como Manuela, venían de tener muy mala suerte con su hijo, o su marido, o su  hermano, o su  yerno asesinado en la guerra civil, desaparecido y enterrado en una fosa; o  ahogado y desaparecido en el fondo del mar …
Si, habían tenido mala suerte, pero una vida nueva llegaba y era imparable.

Esta vida nueva llego al amanecer  del 8 de agosto y Manuela la comadrona  le dio unos buenos cachetes en el culo para que rompiese a llorar, porque la criatura se había quedado  muda del asombro que le produjo las caras de  aquellas mujeres de negro luto  pero de manos y ojos llenos de amor.
 La mujer  lo había preparado todo en aquel pueblo alejado de París y de Belgrado.
La mujer que había roto aguas es mi madre.
Y hablo de Coco Chanel y de Marina Abramovic, porque mi admiración hacia mi madre, mi abuela Maria, mi tía Ana, Juana y Manuela es infinita. 
Mi veneración, absoluta.
Ellas vivían en una España, a la que yo llegue, donde las calles eran de tierra, los grifos eran cántaros y tinajas de barro, y era inútil y estéril sentir miedo porque el plan B por si algo iba mal en el parto era el plan A..
Hoy, con los años recién cumplidos, las confronto a unas con las otras, 1964.
Y entonces la mujer que me dio la vida y las que me ayudaron a nacer
Se agigantan.
Se hacen tremendas.
Se transforman en  arquetipos.
Ellas son las heroínas silenciosas y  fuertes  que  han parido esta sociedad que ahora nos monitoriza y medicaliza hasta la extenuación.

Gracias mamá por tu sombra.

Pepa Muriel
Verano de 2016.

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